Asociaciones de veteranos ante el desafío del siglo XXI
El artículo de Christian, "Atrévete a pensar diferente", alentó a romper con las certezas arraigadas y a aceptar que la reflexión sobre las asociaciones de veteranos ya no puede conformarse con dogmas heredados del pasado. Allanó el camino para un debate necesario, basado en el cuestionamiento y la valentía intelectual.
El texto de Antoine, que sigue a continuación, continúa en esta línea, pero va más allá al confrontar los principios enunciados con las realidades concretas de las asociaciones de veteranos en el siglo XXI. Su autor destaca las contradicciones de un discurso que pretende revitalizarse mientras se niega a adaptarse a los cambios sociales, humanos y territoriales.
No se trata de negar la herencia ni de debilitar la identidad legionaria, sino de recordar que una institución que exige adhesión sin libertad y lealtad sin escucha corre el riesgo de aislarse. Esta contribución pretende ser una advertencia clara, al servicio de asociaciones vibrantes y útiles, fieles al espíritu de fraternidad que dicen defender.
Louis Pérez y Cid.
Entre el dogma y la realidad
Por Antoine Marquet (Teniente Coronel TE – er)
El texto que circula actualmente, escrito por un general, describe una imagen de las asociaciones de veteranos que parece congelada en el cemento del siglo pasado. En 2026, mientras el mundo se orienta hacia la hiperconectividad, la movilidad y la autonomía individual, este proyecto de "recuperar el control" se asemeja más a una utopía semántica que a una respuesta concreta a las realidades sobre el terreno.
Tras un deseo declarado de revitalización, lo más evidente es una profunda incomprensión de los cambios sociales que han transformado la relación de los antiguos legionarios con la participación comunitaria.
La paradoja del "tú" informal y el general se hace evidente desde las primeras líneas.
El autor propone abolir tanto el título de "Monsieur", considerado demasiado civil, como el rango, considerado demasiado militar, para establecer una supuesta fraternidad pura e igualitaria. En realidad, este intento de neutralizar el lenguaje crea principalmente un vacío relacional. Aún más sorprendente, este general que exige la supresión de títulos suele ser el primero, en la intimidad de un banquete o ceremonia, en exigir que se recuerde el suyo. El resultado es una igualdad unilateral, donde el exlegionario queda relegado a un estatus de subordinación moral permanente.
Esta ambigüedad se extiende a una igualdad superficial.
El texto afirma que «nadie es más legionario que otro», a la vez que recuerda de inmediato que un cabo no puede ser igual a un suboficial. Se invita a los veteranos a reconocerse como hermanos durante un discurso, pero sin permitirles olvidar jamás las barreras del cuartel. Esta nostalgia por la jerarquía militar impide el surgimiento de una vida verdaderamente moderna y comunitaria, basada en el voluntariado, el respeto mutuo y la libertad de compromiso.
También es importante recordar que la función misma de las asociaciones de veteranos ha cambiado profundamente. De una necesidad vital a una reunión conmemorativa, el cambio es evidente. En el siglo pasado, la asociación solía servir de salvavidas para el legionario desmovilizado y desarraigado, a veces aislado lingüística y socialmente. En 2026, el exlegionario es, en la gran mayoría de los casos, independiente e integrado en la sociedad. Sus expectativas han cambiado: busca una conexión emocional, temporal, centrada en el recuerdo —Camerone— y en la solidaridad en tiempos difíciles, en particular en los funerales de sus compañeros de armas. Intentar atraer a las generaciones más jóvenes endureciendo los rituales, exigiendo cantos impecables o un uniforme rígido es un error. Ofrecer disciplina a quienes buscan establecer contactos, ser escuchados o simplemente camaradería equivale a orquestar la atrofia de esas estructuras.
A esto se suma el absurdo geográfico y financiero de ciertas posiciones.
El autor rechaza a los "simpatizantes" civiles en nombre de la pureza doctrinal, aunque reconoce implícitamente que a menudo garantizan la supervivencia financiera de las asociaciones. Sobre todo, ignora la realidad territorial: en países como Portugal o Italia, una sola asociación puede abarcar todo el territorio nacional. Allí, sus miembros están, por definición, aislados. No se recorren ochocientos kilómetros para ensayar una canción. Al rechazar cualquier apertura, el autor acepta así la idea de asociaciones "embrionarias", ancladas en su ortodoxia, en lugar de asociaciones vibrantes y arraigadas en la realidad.
El razonamiento alcanza su clímax con la noción de "libertad obligatoria", ilustrada por el caso de Marsella.
El autor afirma que la pertenencia a la Federación es un dogma inatacable y que "separarse es un error", al tiempo que proclama que cada asociación local es "libre y responsable". Esta es la clásica paradoja de: "sé libre, pero haz lo que te digo". Calificar de "error" la elección de autonomía por parte de una estructura como la de Marsella es olvidar que no lo somos bajo el código militar, sino en el mundo civil del voluntariado. Este chantaje moral a la lealtad revela una institución que intenta, mediante la culpabilización, retener a hombres que ya han pagado con creces sus deudas.
En conclusión, diría que el autor proyecta una vaga teoría sobre El Álamo, o incluso sobre Camerone. De hecho, este texto no es una visión de futuro; se asemeja más a una estrategia de resistencia desesperada. El autor parece preferir ver hundirse el barco con una tripulación impecablemente uniformada antes que aceptar un cambio de rumbo. Sin embargo, la identidad de la Legión no se salvará mediante la coerción, los mandatos semánticos ni la nostalgia de una jerarquía abstracta. Sobrevivirá gracias a una solidaridad genuina, flexible y humana, la que finalmente respeta la libertad de hombres que ya han dado tanto.
El texto que circula actualmente, escrito por un general, describe una imagen de las asociaciones de veteranos que parece congelada en el cemento del siglo pasado. En 2026, mientras el mundo se orienta hacia la hiperconectividad, la movilidad y la autonomía individual, este proyecto de "recuperar el control" se asemeja más a una utopía semántica que a una respuesta concreta a las realidades sobre el terreno.
Tras un deseo declarado de revitalización, lo más evidente es una profunda incomprensión de los cambios sociales que han transformado la relación de los antiguos legionarios con la participación comunitaria.
La paradoja del "tú" informal y el general se hace evidente desde las primeras líneas.
El autor propone abolir tanto el título de "Monsieur", considerado demasiado civil, como el rango, considerado demasiado militar, para establecer una supuesta fraternidad pura e igualitaria. En realidad, este intento de neutralizar el lenguaje crea principalmente un vacío relacional. Aún más sorprendente, este general que exige la supresión de títulos suele ser el primero, en la intimidad de un banquete o ceremonia, en exigir que se recuerde el suyo. El resultado es una igualdad unilateral, donde el exlegionario queda relegado a un estatus de subordinación moral permanente.
Esta ambigüedad se extiende a una igualdad superficial.
El texto afirma que «nadie es más legionario que otro», a la vez que recuerda de inmediato que un cabo no puede ser igual a un suboficial. Se invita a los veteranos a reconocerse como hermanos durante un discurso, pero sin permitirles olvidar jamás las barreras del cuartel. Esta nostalgia por la jerarquía militar impide el surgimiento de una vida verdaderamente moderna y comunitaria, basada en el voluntariado, el respeto mutuo y la libertad de compromiso.
También es importante recordar que la función misma de las asociaciones de veteranos ha cambiado profundamente. De una necesidad vital a una reunión conmemorativa, el cambio es evidente. En el siglo pasado, la asociación solía servir de salvavidas para el legionario desmovilizado y desarraigado, a veces aislado lingüística y socialmente. En 2026, el exlegionario es, en la gran mayoría de los casos, independiente e integrado en la sociedad. Sus expectativas han cambiado: busca una conexión emocional, temporal, centrada en el recuerdo —Camerone— y en la solidaridad en tiempos difíciles, en particular en los funerales de sus compañeros de armas. Intentar atraer a las generaciones más jóvenes endureciendo los rituales, exigiendo cantos impecables o un uniforme rígido es un error. Ofrecer disciplina a quienes buscan establecer contactos, ser escuchados o simplemente camaradería equivale a orquestar la atrofia de esas estructuras.
A esto se suma el absurdo geográfico y financiero de ciertas posiciones.
El autor rechaza a los "simpatizantes" civiles en nombre de la pureza doctrinal, aunque reconoce implícitamente que a menudo garantizan la supervivencia financiera de las asociaciones. Sobre todo, ignora la realidad territorial: en países como Portugal o Italia, una sola asociación puede abarcar todo el territorio nacional. Allí, sus miembros están, por definición, aislados. No se recorren ochocientos kilómetros para ensayar una canción. Al rechazar cualquier apertura, el autor acepta así la idea de asociaciones "embrionarias", ancladas en su ortodoxia, en lugar de asociaciones vibrantes y arraigadas en la realidad.
El razonamiento alcanza su clímax con la noción de "libertad obligatoria", ilustrada por el caso de Marsella.
El autor afirma que la pertenencia a la Federación es un dogma inatacable y que "separarse es un error", al tiempo que proclama que cada asociación local es "libre y responsable". Esta es la clásica paradoja de: "sé libre, pero haz lo que te digo". Calificar de "error" la elección de autonomía por parte de una estructura como la de Marsella es olvidar que no lo somos bajo el código militar, sino en el mundo civil del voluntariado. Este chantaje moral a la lealtad revela una institución que intenta, mediante la culpabilización, retener a hombres que ya han pagado con creces sus deudas.
En conclusión, diría que el autor proyecta una vaga teoría sobre El Álamo, o incluso sobre Camerone. De hecho, este texto no es una visión de futuro; se asemeja más a una estrategia de resistencia desesperada. El autor parece preferir ver hundirse el barco con una tripulación impecablemente uniformada antes que aceptar un cambio de rumbo. Sin embargo, la identidad de la Legión no se salvará mediante la coerción, los mandatos semánticos ni la nostalgia de una jerarquía abstracta. Sobrevivirá gracias a una solidaridad genuina, flexible y humana, la que finalmente respeta la libertad de hombres que ya han dado tanto.